Buscar Pareja en Santiago, Reportaje Revista del Sábado Emol a SpeedDating Chile

A 12 citas por hora

Hace dos años se instalaron en Chile las Speed Dates, agencias que organizan citas a ciegas cronometradas con más de 10 desconocidos en una noche, que se acaban a los 5 minutos. Una periodista de 36 años, mamá de una adolescente y soltera hace meses, cuenta cómo le fue.

Nombre: Sol. Edad: 36. Hijos: 1. Estado Civil: Soltera. Tramo de ingresos: Más de $1.500.000. Contextura física: …

Estoy llenando el formulario de Speed Dating Chile, un sitio web que en su video promocional hace un llamado a los solteros que están “cansados de fines de semana viendo Netflix y dando likes al mismo tiempo” a que llenen sus datos y se atrevan a salir con desconocidos que, al igual que ellos, son exitosos profesionalmente, tienen amigos que ya formaron familia y no tienen tiempo para organizar sus propios panoramas. Funcionan desde hace dos años en Chile, así: a cambio de un pago en línea entre 9.990 y 19.990 pesos, Speed Dating ofrece pasar una noche supuestamente inolvidable en un bar santiaguino. Allí, los solteros tendrán de 10 a 12 citas seguidas con una sola condición: ningún encuentro puede durar más ni menos de cinco minutos.

Contextura física: Speed Dating da tres alternativas. Delgada, normal o grande. Me miro al espejo y no está mal. Morena, ojos almendrados y oscuros, pelo largo y ondulado, nariz casi respingada, ojeras como si no durmiera hace meses, labios gruesos y un cuerpo de curvas generosas. Me convenzo de que mi metro de caderas puede calificar en algún lugar del mundo como “contextura normal”, pago 15.990 pesos y pulso send. De ahora en adelante, me dispongo a esperar siete días, tiempo que el portal tardará para contarme dónde y a qué hora tendré las próximas 12 citas de mi vida.

De la sinagoga al bar

Las Speed Dates nacieron en 1998 en Estados Unidos como invento de un rabino de Beverly Hills. Para que los judíos que vivían en Los Ángeles se casaran entre sí, creó una modalidad en que el mismo número de hombres y mujeres con edades similares concurrieran antes de la ceremonia a la sinagoga. Las mujeres se sentarían a la derecha de una mesa y los hombres rotarían frente a cada una de ellas, cada cuatro minutos. Tiempo anunciado por una campanada.

Luego, las citas rápidas se masificaron y hoy son una herramienta más para conocer gente en ese país, tan válida como ir a un bar, acercarse a un desconocido o que te presenten a alguien. En 2005, las speed dates llegaron al cine en una escena de la película Hitch. Allí, unos guapísimos, exitosos y desencantados emocionalmente Will Smith y Eva Mendes discuten de amor hasta que vence el tiempo.

En una búsqueda rápida por Facebook encuentro 110 grupos de Speed Dates en el mundo; hay para heterosexuales, gays, lesbianas y second love, comunidad donde hombres y mujeres casados buscan amantes. Los grupos más masivos están en Inglaterra, Italia y Estados Unidos, con alrededor de cinco mil seguidores cada uno. Todas estas agrupaciones virtuales comparten algo en común: los usuarios utilizan seudónimos. No los culpo. Imagino que ser visto en esos grupos debe ser tan vergonzoso como cuando un expololo me mandó una foto de mi perfil de Tinder donde aparezco andando en bicicleta, cuando nunca antes me vio pedalear.

En Chile, estos grupos no prendieron en la red, pero sí en la querida artesanía del cara a cara. Matías Espinosa, que después de hacer un magíster en innovación se le ocurrió unir corazones solos, creó Speed Dating. Me cuenta que desde 2015 han hecho 70 eventos, convocando a 2.500 asistentes en bares de Providencia y Las Condes. Hombres y mujeres que tienen entre 27 y 43 años, generalmente profesionales, ganan por sobre el millón y medio de pesos, 70 por ciento nunca se ha casado, más de la mitad tiene posgrado y un tercio tiene hijos. Las mujeres representan 60 por ciento de los interesados y son las primeras en llenar los cupos.

No es casualidad. En Chile, según la última encuesta Casen, vivimos 1.822.065 solteros mayores de 30 años. De esos, 1.035.037 somos mujeres (57 por ciento) y solo 14 por ciento hemos tenido hijos.

Me propusieron ir a uno de estos eventos y contarlo. Doce citas son más de las que he tenido los últimos años y definitivamente implicará conocer más personas de las que he conocido desde octubre del año pasado, funeral de mi última relación con un hombre que había sido, sin demasiadas ganas, mi pareja por un año.

Necesito algún tipo de entrenamiento. Dos días antes de ir, hablo con Paz, una sommelier de 32 años, pelo negro y ojos color miel, que fue a tres de estos encuentros el año pasado. Al teléfono, me advierte: “No te hagas expectativas, no te vas a encontrar con Will Smith. A estas citas van los fracasados de Tinder o Happen. Puros ingenieros en sistemas y computines que no se saben relacionar mucho con la gente”. OK, no hay optimismo ni épica por ahí, lo que, en cierta manera, es injusto: Tinder y Happen son aplicaciones donde eliges desde la comodidad de tu iPhone, anonimato de por medio, a la persona que te tinca en base a un perfil. Todos dicen ser trotamundos, aficionados al buen cine y a la lectura difícil, adjuntados a una foto derechamente falsa. Pero esto, al menos, requiere cierto grado de valentía:  cara a cara, gente confiesa las ganas de estar en pareja, sin complejos, cansada de una ciudad sin cultura de bares, que suele castigar socialmente a quienes se acercan a otros sin ninguna razón específica. Una ciudad donde si las redes fallaron, te puedes quedar solo.

Eso me dice Paulina, 43 años, que tiene una historia atípica:  es médico, pero cuando egresó de la U. de Chile se fue al claustro a convertirse en monja. Siete años después se arrepintió y cuando volvió a la vida civil, todos estaban casados y con hijos. Como vivió hasta los 15 años en Estados Unidos, cree que para ella las citas a ciegas son una de las tantas formas para conocer gente, sin carga negativa. En su tercer intento conoció a un ingeniero. Anduvieron cinco meses, pololearon y se casaron el año pasado.

Paulina me llena de las ganas que horas antes me quitó Paz. “No vayas esperando encontrar a tu príncipe azul, pero tampoco te cierres, la vida siempre puede sorprenderte, pero hay que estar abierta”.

 La cuenta regresiva

“Algunas consideraciones que debes tener para el evento Wine Tasting del 21 de junio”. Faltan 24 horas para que enfrente mi maratón de citas y me llega un Whatsapp con las indicaciones. El encuentro es en el Bombar, un restorán español ubicado en Tobalaba con Lota. Como recomendación, piden que llegue a las ocho en punto y ya que todo entra por los ojos, me vista “formal sport”. Al final me mandan cinco tips: que mantenga el contacto visual, que desvíe la mirada por momentos para que mi acompañante se sienta cómodo, que no cruce los brazos, que no me muestre ansiosa y me desafían a que escuche el doble de lo que hablo. Como recomendación extra, me sugieren que no hable de mis ex, ni de mi mamá.

Apenas me llega el mensaje, llamo a Wendy, que tiene 43 años y pareja hace uno, pero antes estuvo sola, y fue a tres encuentros de citas flash. Ella me contó que apenas llegara al bar, me iban a asignar un número y, desde entonces, los desconocidos me evaluarían en tres aspectos: gracia y actitud, interacción y comunicación, y conexión. Finalmente, marcarán con un ticket o una cruz si hicieron o no match; es decir, si saldrían conmigo en la vida real.

Me quedo en blanco.

Soy periodista y mi trabajo consiste en sentarme frente a desconocidos, pedirles que confíen en mí y que me cuenten lo que les pasa mientras enciendo una grabadora. Pero esta vez, cuando termine mi próxima cita, el desconocido anotará el número que vio sobre mi pecho y me pondrá un ticket o una cruz. Cinco minutos serán suficientes para que alguien determine si valgo la pena. Yo, que detesto hasta que el conductor de Uber me evalúe como pasajera, ya no quiero ir. Esta fórmula me parece cruel.

Wendy me cuenta que sintió algo parecido, así que les dio el visto bueno a todos los que pasaron frente a ella, un poco por lástima. Al día siguiente, su match la invitó a una cita inolvidable: un paseo nocturno al Cementerio General porque quería mostrarle su pasión: cazar fantasmas.

La cruz será mi comodín.

Sol se va de citas

Son las siete de la tarde. Llevo un vestido corto de algodón negro a rayas blancas, medias negras y botas de taco alto que me empinan hasta el metro sesenta y cinco. Me suelto el pelo, delineo los ojos y pinto mis labios rojos. Antes de salir, creo el grupo de Whatsapp “Sol se va de citas” y les cuento a mis dos mejores amigas lo que me espera. Ellas me dan consejos en línea: que camine con cuidado para no caerme, que no me tome una copa de vino con cada cita porque al cuarto desconocido voy a estar borracha y que desafíe a los desconocidos a que me sorprendan. Yo les cuento que lo único que me da miedo es la evaluación que me van a mandar al día siguiente.

“Hola, Marisol, te estamos esperando, apenas llegues empezamos”. Estoy a punto de poner un pie en el Bombar y me llega un Whatsapp. Son las 19:59 y una chica rubia me pasa un prendedor de plástico que lleva impreso el número 10 y el nombre con el que me inscribí: Sol.

Adentro hay cerca de 30 personas entre garzones, anfitriones y los que esperamos 12 citas. Ellas están maquilladas. Usan vestido, abrigo, tacos altos y carteras de cuero negro (aunque a una creativa se le ocurrió ir vestida con botas, jeans, camisa y abrigo blancos). Ellos, con jeans, camisa, polerón y chaqueta. Los formales no sport se fueron directo con el traje del trabajo.

La batuta la lleva Úrsula, una actriz de un metro 70 y labios colorados que tiene la misión más importante de la noche: moderar el encuentro, hacernos tomar vino y agitar la campana cada cinco minutos: el aviso de que hay que rotar.

Úrsula nos separa en grupos de a cuatro, para que preparemos un diálogo que describa la escena perfecta para tomarnos un vino. En el mío, un pelirrojo y yo hicimos los papeles de un aeromozo sexy y una pasajera que terminan brindando juntos. Me siento como si estuviera en un taller de teatro amateur, pero bien aficionado.

A las mujeres nos piden sentarnos en 12 mesas dobles y los hombres reciben la instrucción de avanzar a la mesa siguiente cuando acaben los cinco minutos. Antes de dar inicio a la primera cita, Úrsula nos sirve una copa de carménère. Nos recuerda que lo más importante es que llenemos nuestra hoja de evaluación, que tengamos la delicadeza de no hacerlo frente al hombre y que mantengamos nuestro número a la vista.

Doce campanadas

-¿Te gustan los pelirrojos?

Antes de que se acaben los cinco minutos, sé que el número 29, además de tener el pelo y la barba naranja, se llama Sebastián, es de origen judío, pero nunca fue circuncidado (hablando de datos que uno no quiere saber en 300 segundos), tiene 30 años, sus papás eran del MAPU, vive en Vitacura con su mamá, porque ella se divorció hace poco; empezó a programar computadores a los 8 años, no fue a la universidad y hoy está a cargo de la programación de softwares de una línea aérea. Apenas suena la campana, siento que quiero seguir hablando con mi Steve Jobs y le pido que me enseñe a hacer páginas web. Él me vuelve a preguntar si me gustan los pelirrojos.

No alcanzo a poner mis tickets cuando ya está sentado frente a mí Óscar, un ariqueño que se vino hace 20 años a estudiar Ingeniería Civil en la Católica y se quedó en Santiago. Lo primero que hace es anotar mi nombre y número en la hoja de evaluación. Es su primera vez en speed date, y dice que está aburrido de ir al Liguria y quedarse sentado sin conocer a nadie. Luego apunta la mesa 10 y me dice que el moreno que habla con ganas fue su compañero de la universidad, pero los dos hicieron como que no se conocían. Pienso en los grupos de Facebook y los seudónimos de la vergüenza.

Después vino Michael. Un gringo alto, muy rubio, de ojos azules e ingeniero comercial, que se quedó hace 18 años en Chile para estar con su hija de 15, pero le resulta más fácil tener nuestra cita en inglés. Me cuenta que vive en Las Condes, que hace años se enamoró de una chilena con la que está divorciado y me pregunta a quiénes he entrevistado como periodista. En inglés, narro una descripción de mi trabajo más marketera que la que escribí en LinkedIn.

Después viene el turno de un arquitecto viñamarino de nombre rarísimo que me empieza a tratar mal, porque desde la mesa de al lado me escuchó hablar en inglés y saca el discurso nacionalista de que estamos en Chile, así que hablemos castellano. Perfecto, un miembro de la marea roja. Me pregunta desafiante dónde aprendí, yo respondo: “Es que fui al colegio, ¿y tú?”, y le sonrío haciendo gala de mi educación británica. Con cinco copas de vino encima, confiesa que ha ido a cuatro speed date y no ha tenido ni un solo match, pero se declara persistente. Pienso que hay hombres feos de los que puedes enamorarte profundamente porque son encantadores. No es su caso.

Úrsula toca la campana para avisar que se viene un intermedio en el que servirán unas tapas, que en realidad son camarones y tostadas con guacamole.

Me siento con dos chicas: la número 9, una abogada de vestido rojo y 31 años que hace meses terminó un pololeo largo y sus amigas la impulsaron a conocer gente nueva. Es delgada, piel bronceada, ojos verdes y pelo crespo castaño claro. A su lado hay una ingeniera comercial de 33 años, que usa mini. Trabaja en Rosario Norte, es delgada, lleva labios y ojos muy maquillados, y dice que también fue convencida por sus amigas. Ahora mira el celular como si cada tramo de cinco minutos le fueran eternos.

Muy cerca nuestro se pasea una morena menor de 40, que está indignada, porque alguien contó en su trabajo que estaría en un speed date, y recién se dio cuenta de que tenía el teléfono lleno de mensajes esperando saber cómo le fue.

Úrsula vuelve a tocar la campana y quedan cinco citas: tres ingenieros, un profesor y un emprendedor. Este, el dueño de una botillería, 47 años, sin pelos en la cabeza, aficionado al karaoke, vive con su mamá y sueña con encontrar a “ese ser tan especial”. Le pregunto qué canción me cantaría y me entona la única frase que se sabe de “Te amaré”, de Miguel Bosé. Antes, me dice, estuvo en Tinder, pero lo dejó porque la chica con la que se escribía le quitaba mucho tiempo. Mientras habla, me detengo en su pecho. Viste una camisa gris perla y lleva los tres o quizá cuatro primeros botones de la camisa desabrochados.

Después viene un profesor de ojos negros y brillantes. Él me habló de lo que era enseñarles ciencia a niños adolescentes y yo lo que es criar a una hija adolescente. Es dulce y de voz suave. Cuando suena la campana, los dos queremos seguir hablando. Él me evalúa en su hoja.

Úrsula toca la campana que pone fin al encuentro. Han pasado 60 minutos, 12 hombres al otro lado de la mesa y yo no he llenado ni un dato en la hoja de evaluación, por falta de tiempo. Decido ponerles tickets a todos, pero se me viene a la cabeza el cazafantasmas y me abstengo. Al final, relleno de memoria: le doy el match al pelirrojo, porque dicen que dan buena suerte; al profesor de ciencias, por adorable: al gringo, de puro guapo, y le regalo un ticket al arquitecto carente de ellos, de pura buena persona que soy a veces.

A la mañana siguiente llega mi reporte.

Los 12 hombres que tuve al frente dijeron que querían salir conmigo en la vida real y me dieron 210 puntos. Según el informe, el puntaje máximo en todas las “técnicas de seducción”. Soy Eva Mendes.

Columna de Marisol Olivares, Revista del Sábado El Mercurio, 01 Julio 2017

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